LAS BREVES PALABRAS XXXVII





NO SIEMPRE SE ORGANIZAN LAS PALABRAS (aunque las ideas sean muchas)


Y las palabras con sus múltiples significados cambian de renglón o se trastocan o desaparecen, se protegen entre comas, frenan ante un punto y coma o no saben encontrar su punto final. A veces son demasiadas para expresar poco o pocas para expresar demasiado. Otras veces se adelantan a las ideas sin lograr definirlas, o no llegan a tiempo mientras las ideas vagan hasta hacerse confusas, para terminar desvaneciéndose vencidas por el olvido.

De manera, que se puede tener cierta facilidad para escribir sobre diversas ideas, disponer de una adecuada cantidad de palabras y manejar con cierta soltura los signos de puntuación sin que, a pesar de estos beneficios, se organicen las palabras.

Por ejemplo, durante los últimos dos meses he querido escribir sobre “el rencor”, sobre “los miedos”, sobre “lo divertido”, sobre la “indiferencia”, y sobre muchos otros temas que no llegaron a transformarse ni al menos en un párrafo coherente.

“Los acompañantes” esperaban turno de salida desde bastante antes; “Presencias del espíritu” lo rehíce varias veces desde Navidad hasta finales de enero, y este encabezamiento que estás leyendo ha surgido ahora mismo a modo de justificación por mi largo silencio.
¡Y basta ya! Volvamos al diálogo ahora que he convencido a las palabras.



LOS ACOMPAÑANTES


Están en todas partes, se expresan en todos los idiomas y dialectos, practican todas las religiones y ninguna. Suelen ser discretos y se esfuerzan por mantener la serenidad y la esperanza.

Los he visto de diferentes edades, dándose con generosidad. Como si dar fuese un sentimiento natural que fluye.

Los acompañantes son, indistintamente, hombres y mujeres sensibles. Aunque aún persiste la sensación de que ellas, las acompañantes, son más numerosas. Tal vez porque las han educado, durante siglos, para acunar y proteger, para sacrificarse por, para entregarse a, para aceptar que. Prefiero pensar que ya no actúan por imposición social, que deciden libremente. Ellos, los acompañantes, seguramente han dejado de plantearse qué rol les corresponde en relación a su masculinidad. Y son más libres, más naturales, más fieles a sus sentimientos.

Los acompañantes sostienen, protegen, animan, escuchan, saben callar, crean expectativas de luz.

Pero no quiero idealizarlos porque también existen acompañantes con cara de “hoy me ha tocado, pero otra vez no me pillan” o “cuándo se acabará este rollo”. Estos, como es natural, denotan impaciencia, tratan de disimular un malhumor evidente, consultan la hora con insistencia o se conectan para no escuchar ni ver el entorno donde no quisieran estar. Al fin, sus comportamientos son propios de quienes se esfuerzan sin voluntad, sin amor. Normal.

Los acompañantes deciden serlo aunque, en realidad, las circunstancias casi siempre imprevistas suelan determinar e imponer la necesidad de las salas de espera, las decisiones complejas, los consultorios, las incertidumbres, las largas convalecencias que nadie elige, los finales. 

Los enfermos, los que están solos, los que necesitan, son protagonistas, aun en contra de sus deseos.

Los acompañantes se diluyen en un segundo plano, y desde allí vigilan, acuerdan, matizan, promueven sonrisas imprescindibles para la supervivencia. Son manos y pasos, miradas y palabras, caminos y memorias. Estimulan la vida.



PRESENCIAS DEL ESPÍRITU (A propósito de cualquier Navidad) 


Hay cada vez más Navidades vacías, sin sentido, consagradas al estómago y lo material. Olvidables.

Hay demasiadas Navidades forzadas, sin alma, impuestas por la tradición de gastadas rutinas.

Y hay Navidades cobardes y también hipócritas. Navidades de apariencia.

También hay Navidades con espíritu. Navidades que huelen y resuenan a infancia, a ingenua credulidad, a reflejos de fiesta, a interior protector.

En Brasilia, con “El Mesías” de Haendel y un ángel poderoso flotando contra un cielo de cristal, se manifiesta el espíritu. En Bogotá, compartiendo la austera mesa familiar del poeta Rogelio Echavarría que lee pasajes de un texto sagrado, se manifiesta el espíritu. En España o en cualquier parte donde alguien te ofrece un sencillo regalo creado con la imaginación del sentimiento, se manifiesta el espíritu.

Cuando Rubén modela con exquisita delicadeza su árbol intemporal, se manifiesta el espíritu.

El ángel poderoso de origen desconocido, que siempre flota contra un cielo de cristal y no representa a ningún dios en particular, es el espíritu que nos bendice emanando paz y serenidad mediante la música de Haendel, las palabras, las formas o los colores.

Nos bendice sin hacernos sentir culpables, sin dogmas ni morales, dispuesto a comprender nuestra eterna incertidumbre. Nuestra inmensa soledad.



LA SOLIDARIDAD DE “LAS PATRONAS”


Hoy he elegido para destacar a “Las Patronas”, un grupo de humildes mujeres, pertenecientes a tres generaciones de una misma familia, que habitan en el pequeño pueblo de La Patrona, en el estado mexicano de Veracruz. Por allí cruza, desde Centroamérica con rumbo a Estados Unidos, el tren de mercancías conocido como “La Bestia” en el que viajan, como polizones, numerosos emigrantes que huyen de la miseria en busca de mejores oportunidades para ellos y sus familias. 








Hace ya 22 años que “Las Patronas” decidieron ayudar a esos forzados viajeros que les pedían agua y alimentos desde el tren en movimiento. Se organizaron, y desde entonces, todos los días, preparan alrededor de 300 comidas para ellos, para ayudarlos a sobrevivir en su arriesgado, y muchas veces inútil, esfuerzo por conseguir un lugar en el mundo. Además, les facilitan ayuda sanitaria e, incluso, asesoramiento legal. Tanto esfuerzo y generosidad han sido justamente reconocidos, en 2013, con el Premio Nacional de Derechos Humanos de México.



Documental "El paso de La Bestia" emitido en el programa En Portada de RTVE (Radio Televisión Española).



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"El paso de La Bestia" - primera parte.


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"El paso de La Bestia" - segunda parte.



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"El paso de La Bestia" - tercera parte.



“Las Patronas”: un grupo de mujeres que al igual que el Padre Alejandro Solalinde, al que destaqué en una nota anterior (ver “Aprendizaje para dialogar”), están comprometidos con el cambio que todos necesitamos para crear un mundo mejor.








Clarise Lispector



Los cuentos de hoy continúan siendo de Clarice Lispector (Ucrania, 1920 – Brasil, 1977).




LAS AGUAS DEL MAR


Ahí está él, el mar, la más ininteligible de las existencias no humanas. Y aquí está la mujer, de pie en la playa, el más ininteligible de los seres vivos. Como el ser humano hizo un día una pregunta sobre sí mismo, volviéndose el más ininteligible de los seres vivos.

Ella y el mar.

Sólo podría haber un encuentro de sus misterios si uno se entregara al otro: la entrega de dos mundos incognoscibles hecha con la confianza con que se entregan dos comprensiones.

Ella mira el mar, es lo que puede hacer. Y su mirada está limitada por la línea del horizonte, es decir, por su incapacidad humana de ver la curvatura de la Tierra.

Son las seis de la mañana. Sólo un perro suelto vaga por la playa, un perro negro.

¿Por qué un perro resulta tan libre? Porque él es el misterio vivo que no se indaga. La mujer vacila porque va a entrar.

Su cuerpo se consuela con su propia exigüidad en relación con la vastedad del mar porque es la exigüidad del cuerpo lo que le permite mantenerse caliente y es esa exigüidad que la vuelve pobre y libre, con su parte de libertad de perro en las arenas. Ese cuerpo entrará en el ilimitado frío que sin rabia ruge en el silencio de las seis. La mujer no lo sabe, pero está realizando una hazaña. Con la playa vacía a esa hora de la mañana, ella no tiene el ejemplo de otros seres humanos que transforman la entrada en el mar en simple juego liviano de vivir. Ella está sola. El mar salado no está solo porque es salado y grande, y eso es una realización. A esa hora ella se conoce menos todavía de lo que conoce el mar. Su hazaña es, sin conocerse, entretanto, proseguir. Es fatal no conocerse, y no conocerse exige valor.

Va entrando. El agua salada está tan fría que le eriza en ritual las piernas. Pero una alegría fatal —y la alegría es una fatalidad— ya la posee, aunque todavía no se le ocurra sonreír. Por el contrario, está muy seria. El olor es de una marejada atontadora que la despierta de sus más adormecidos sueños seculares. Y ahora ella está alerta, aun sin pensar. La mujer es ahora compacta y leve y aguda; se abre camino en la gelidez que, líquida, se opone a ella, mientras la deja entrar, como en el amor, en que la oposición puede ser una petición.

El camino lento aumenta su valor secreto. Y de repente ella se deja cubrir por la primera ola. La sal, el yodo, todo líquido, la dejan por un instante ciega, escurriéndose (espantada, de pie, fertilizada).

Ahora el frío se convierte en hielo. Avanzando, ella abre el mar por el medio. Ya no precisa valor, ahora ya es antigua en el ritual. Baja la cabeza dentro del brillo del mar, y retira una cabellera que sale escurriéndose sobre los ojos salados que arden. Brinca con la mano en el agua, pausada, los cabellos al sol, casi inmediatamente endurecidos por la sal.

Con la concha de las manos hace lo que siempre hace en el mar, y con la altivez de los que nunca dan explicaciones ni a ellos mismos: con la concha de las manos llenas de agua, bebe en grandes sorbos, buenos.

Era eso lo que le faltaba: el mar por dentro como el líquido espeso de un hombre.

Ahora ella está toda igual a sí misma. La garganta alimentada se contrae por la sal, los ojos enrojecen por el sol, las olas suaves la golpean y retroceden, pues ella es una muralla compacta.

Se sumerge de nuevo, de nuevo bebe, más agua, ahora sin ansiedad, pues no precisa más. Ella es la amante que sabe que lo tendrá todo, otra vez. El sol se abre más y la eriza, al secarla, ella se sumerge de nuevo; está cada vez menos ansiosa y menos aguda. Ahora sabe lo que quiere. Quiere quedar de pie, parada en el mar. Así queda, pues. Como contra los costados de un navío, el agua bate, vuelve, bate. La mujer no recibe transmisiones. No precisa comunicación.

Después camina dentro del agua, de regreso a la playa. No está caminando sobre las aguas —ah, nunca haría eso después de que hace miles de años ya alguien caminara sobre las aguas—, pero nadie le puede quitar eso: caminar dentro de las aguas. A veces el mar le opone resistencia, empujándola con fuerza hacia atrás, pero entonces la proa de la mujer avanza un poco más dura y áspera.

Y ahora pisa en la arena. Sabe que está brillante de agua, y de sal, y de sol. Aunque lo olvide dentro de unos minutos, nunca podrá perder todo eso. Y sabe de algún modo oscuro que sus cabellos escurridos son de náufrago. Porque sabe que ha corrido un riesgo.

Un riesgo tan antiguo como el ser humano.




MEJOR QUE ARDER


Era alta, fuerte, con mucho cabello. La madre Clara tenía bozo oscuro y ojos profundos, negros.

Había entrado en el convento por imposición de la familia: querían verla amparada en el seno de Dios. Obedeció.

Cumplía sus obligaciones sin reclamar. Las obligaciones eran muchas. Y estaban los rezos. Rezaba con fervor.

Y se confesaba todos los días. Todos los días recibía la hostia blanca que se deshacía en la boca.

Pero empezó a cansarse de vivir sólo entre mujeres. Mujeres, mujeres, mujeres. Escogió a una amiga como confidente. Le dijo que no aguantaba más. La amiga le aconsejó:

-Mortifica el cuerpo.

Comenzó a dormir en la losa fría. Y se fustigaba con el cilicio. De nada servía. Le daban fuertes gripas, quedaba toda arañada.

Se confesó con el padre. Él le mandó que siguiera mortificándose. Ella continuó.

Pero a la hora en que el padre le tocaba la boca para darle la hostia se tenía que controlar para no morder la mano del padre. Éste percibía, pero nada decía. Había entre ambos un pacto mudo. Ambos se mortificaban.

No podía ver más el cuerpo casi desnudo de Cristo.

La madre Clara era hija de portugueses y, secretamente, se rasuraba las piernas velludas. Si supieran, ay de ella. Le contó al padre. Se quedó pálido. Imaginó que sus piernas debían ser fuertes, bien torneadas.

Un día, a la hora de almuerzo, empezó a llorar. No le explicó la razón a nadie. Ni ella sabía por qué lloraba.

Y de ahí en adelante vivía llorando. A pesar de comer poco, engordaba. Y tenía ojeras moradas. Su voz, cuando cantaba en la iglesia, era de contralto.

Hasta que le dijo al padre en el confesionario:

-¡No aguanto más, juro que ya no aguanto más!

Él le dijo meditativo:

-Es mejor no casarse. Pero es mejor casarse que arder.

Pidió una audiencia con la superiora. La superiora la reprendió ferozmente. Pero la madre Clara se mantuvo firme: quería salirse del convento, quería encontrar a un hombre, quería casarse. La superiora le pidió que esperara un año más. Respondió que no podía, que tenía que ser ya.

Arregló su pequeño equipaje y salió. Se fue a vivir a un internado para señoritas.

Sus cabellos negros crecían en abundancia. Y parecía etérea, soñadora. Pagaba la pensión con el dinero que su familia le mandaba. La familia no se hacía el ánimo. Pero no podían dejarla morir de hambre.

Ella misma se hacía sus vestiditos de tela barata, en una máquina de coser que una joven del internado le prestaba. Los vestidos los usaba de manga larga, sin escote, debajo de la rodilla.

Y nada sucedía. Rezaba mucho para que algo bueno le sucediera. En forma de hombre.

Y sucedió realmente.

Fue a un bar a comprar una botella de agua. El dueño era un guapo portugués a quien le encantaron los modales discretos de Clara. No quiso que ella pagara el agua. Ella se sonrojó.

Pero volvió al día siguiente para comprar cocada. Tampoco pagó. El portugués, cuyo nombre era Antonio, se armó de valor y la invitó a ir al cine con él. Ella se rehusó.

Al día siguiente volvió para tomar un cafecito. Antonio le prometió que no la tocaría si iban al cine juntos. Aceptó.

Fueron a ver una película y no pusieron la más mínima atención. Durante la película estaban tomados de la mano.

Empezaron a encontrarse para dar largos paseos. Ella con sus cabellos negros. Él, de traje y corbata.

Entonces una noche él le dijo:

-Soy rico, el bar deja bastante dinero para podernos casar ¿Quieres?

-Sí -le respondió grave.

Se casaron por la iglesia y por lo civil. En la iglesia el que los casó fue el padre, quien le había dicho que era mejor casarse que arder. Pasaron la luna de miel en Lisboa. Antonio dejó el bar en manos del hermano.

Ella regresó embarazada, satisfecha y alegre.

Tuvieron cuatro hijos, todos hombres, todos con mucho cabello.




SILENCIO


Es tan vasto el silencio de la noche en la montaña. Y tan despoblado. En vano uno intenta trabajar para no oírlo, pensar rápidamente para disimularlo. O inventar un programa, frágil punto que mal nos une al súbitamente improbable día de mañana. Cómo superar esa paz que nos acecha. Silencio tan grande que la desesperación tiene vergüenza.

Montañas tan altas que la desesperación tiene vergüenza. Los oídos se afilan, la cabeza se inclina, el cuerpo todo escucha: ningún rumor. Ningún gallo. Cómo estar al alcance de esa profunda meditación del silencio. De ese silencio sin memoria de palabras. Si es muerte, cómo alcanzarla.

Es un silencio que no duerme: es insomne; inmóvil, pero insomne; y sin fantasmas.

Es terrible: sin ningún fantasma. Inútil querer probarlo con la posibilidad de una puerta que se abra crujiendo, de una cortina que se abra y diga algo. Está vacío y sin promesas. Si por lo menos se escuchara al viento. El viento es ira, la ira es vida. O nieve. La nieve es muda pero deja rastro, lo emblanquece todo, los niños ríen, los pasos resuenan y dejan huella. Hay una continuidad que es la vida. Pero este silencio no deja señales. No se puede hablar del silencio como se habla de la nieve. No se puede decir a nadie como se diría de la nieve: ¿oíste el silencio de esta noche? El que lo escuchó, no lo dice.

La noche desciende con las pequeñas alegrías de quien enciende lámparas, con el cansancio que tanto justifica el día. Los niños de Berna se duermen, se cierran las últimas puertas. Las calles brillan en las piedras del suelo y brillan ya vacías. Y al final se apagan las luces más distantes.

Pero este primer silencio todavía no es el silencio. Que espere, pues las hojas de los árboles todavía se acomodarán mejor, algún paso tardío tal vez se oiga con esperanza por las escaleras.

Pero hay un momento en que del cuerpo descansado se eleva el espíritu atento, y de la tierra, la luna alta. Entonces él, el silencio, aparece.

El corazón late al reconocerlo.

Se puede pensar rápidamente en el día que pasó. O en los amigos que pasaron y para siempre se perdieron. Pero es inútil huir: el silencio está ahí. Aun el sufrimiento peor, el de la amistad perdida, es sólo fuga. Pues si al principio el silencio parece aguardar una respuesta —cómo ardemos por ser llamados a responder—, pronto se descubre que de ti nada exige, quizás tan sólo tu silencio. Cuántas horas se pierden en la oscuridad suponiendo que el silencio te juzga, como esperamos en vano ser juzgados por Dios.

Surgen las justificaciones, trágicas justificaciones forzadas, humildes disculpas hasta la indignidad. Tan suave es para el ser humano mostrar al fin su indignidad y ser perdonado con la justificación de que es un ser humano humillado de nacimiento.

Hasta que se descubre que él ni siquiera quiere su indignidad.  Él es el silencio.

Puede intentar engañársele, también. Se deja caer como por casualidad el libro de cabecera en el suelo. Pero, horror, el libro cae dentro del silencio y se pierde en la muda y quieta vorágine de éste. ¿Y si un pájaro enloquecido cantara? Esperanza inútil. El canto apenas atravesaría como una leve flauta el silencio.

Entonces, si se tiene valor, no se lucha más. Se entra en él, se va con él, nosotros los únicos fantasmas de una noche en Berna. Que entre. Que no espere el resto de la oscuridad delante de él, sólo él mismo. Será como si estuviéramos en un navío tan descomunalmente grande que ignoráramos estar en un navío. Y éste navegara tan largamente que ignoráramos que nos estamos moviendo. Más de eso, nadie puede. Vivir en la orla de la muerte y de las estrellas es una vibración más tensa de lo que las venas pueden soportar.

No hay, siquiera, un hijo de astro y de mujer como intermediario piadoso. El corazón tiene que presentarse frente a la nada sólito y sólito latir alto en las tinieblas. Sólo se escucha en los oídos el propio corazón. Cuando éste se presenta completamente desnudo, no es comunicación, es sumisión. Además, nosotros no fuimos hechos sino para el pequeño silencio.

Si no se tiene valor, que no se entre. Que se espere el resto de la oscuridad frente al silencio, sólo los pies mojados por la espuma de algo que se expande dentro de nosotros.

Que se espere. Un insoluble por otro. Uno al lado del otro, dos cosas que no se ven en la oscuridad. Que se espere. No el fin del silencio, sino la ayuda bendita de un tercer elemento, la luz de la aurora.

Después, nunca más se olvida. Es inútil intentar huir a otra ciudad. Porque cuando menos se lo espera, se lo puede reconocer de repente. Al atravesar la calle en medio de las bocinas de los autos. Entre una carcajada fantasmagórica y otra. Después de una palabra dicha. A veces, en el mismo corazón de la palabra. Los oídos se asombran, la mirada se desvanece: helo ahí. Y desde entonces, él es fantasma.




VIDA AL NATURAL


Pues en el río había algo como el fuego del hogar. Y cuando ella advirtió que, además del frío, llovía en los árboles, no podía creer que tanto le fuese dado. Y el acuerdo del mundo con aquello que ella ni siquiera sabía que precisaba como el pan. Llovía, llovía. El fuego encendido guiñaba hacia ella y hacia él. Él, el hombre, se ocupaba de aquello que ella ni siquiera agradecía; él atizaba el fuego, lo cual era su deber de nacimiento. Y ella, que siempre estaba inquieta, haciendo cosas y experimentando, curiosa, ella no se acordaba de atizar el fuego: no era su papel, pues tenía a su hombre para eso. No siendo doncella, el hombre tenía que cumplir su misión. Lo más que ella hacía era instigarlo, a veces: «Aquel leño —decía—, aquél todavía no encendió». Y él, un instante antes de que ella acabara la frase que lo advertía, él ya había notado el leño, era su hombre, ya estaba atizando el leño. No le daba órdenes, porque era la mujer de un hombre que perdería su estado, si ella le daba órdenes. La otra mano de él, libre, está al alcance de ella. Ella lo sabe, y no la coge. Quiere la mano de él, sabe que la quiere, y no la coge. Tiene exactamente lo que necesita: poder tener.

Ah, y decir que esto va a acabar, que por sí mismo no puede durar. No, ella no se está refiriendo al fuego, se refiere a lo que siente. Lo que siente nunca dura, lo que siente siempre acaba, y puede no volver nunca. Se encarniza entonces sobre el momento, se traga el fuego, y el fuego dulce arde, arde, flamea. Entonces, ella, que sabe que todo va a acabar, coge la mano libre del hombre, y la enlaza con la suya, ella dulce arde, arde, flamea.







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